Hay viajes de los que no se vuelve.
El 3 de julio de 1976, Nina Simone reaparece en directo en el Festival
de Jazz de Montreux (Suiza) después de unos años refugiada en Barbados y
Liberia y da el concierto más demencial, caótico y perturbador de su
carrera. Rota por los desengaños amorosos y políticos, los años de
trabajo extenuante y su trastorno bipolar, sale a tocar con el rostro
desencajado y la mirada perdida, como si no supiera bien dónde está. Su
cuerpo ha vuelto pero su mente parece no haber llegado aún.
Se
sienta al piano, se levanta, sale del escenario, el director la acompaña
de vuelta, increpa al público, saluda, baila con extrema sensualidad,
se pierde en confusos monólogos, pregunta si su amigo David Bowie está
en el auditorio, grita llamando a Imojah, su último amante en Monrovia, e
interpreta cuatro canciones, en las que se abre el pecho, se saca el
corazón chorreante y lo planta sobre el piano mientras ella vomita toda
su angustia por la boca. El concierto –que podéis encontrar en Youtube-
es el más estremecedor que yo haya visto nunca.
El dolor de la
cantante es tan descarnado que casi da apuro mirarla, tan indisimulado
su tormento que duele escucharla, como si ella fuera la voz de todos los
que sufren, «la voz del desastre», como dice David Brun-Lambert en su
imprescindible biografía La vida a muerte de Nina Simone. ¡Qué tiene que sentir alguien para componer una canción así!, dice antes de interpretar Feelings. ¡Qué
tiene que sentir ella para cantar de esa manera!, te preguntas al oírla
y parece que ella misma nos contesta cuando acomete ese himno de la
lucha por los derechos de los negros estadounidenses, I wish I know how it would be to be free (Desearía saber qué se siente siendo libre).
Quizá
lo más cerca que estuvo de serlo fue aquel patético concierto suizo que
abruma, precisamente, porque no hay puertas que contengan su arte y su
emoción. Es Nina Simone en bruto, salvaje, sin control, tan libre, tan
ella, que asusta. Toda su vida fue una lucha por alcanzar la libertad,
política, artística, personal, pero para alcanzarla tuvo que perderse.
Como dijo Chesterton, «los locos lo han perdido todo menos la razón». El
único camino para liberarte del todo es librarte de todo. Recuerdo que
también uno de los grandes poetas locos, Hölderlin, volvió de un largo
viaje a Francia pero la cordura ya no le acompañaba.
En este mundo
despiadado, el camino a la libertad es solo un viaje de ida que conduce
a la locura. Curiosamente, en nuestro idioma, «ida» es sinónimo de
«loca».